miércoles, 11 de mayo de 2011

Puede llevarse a su mamá

La clínica nos metió el golazo de dar de alta a mi mama la misma noche de la operación y la noticia no me alivió ni poquito: implicaba conseguir una ambulancia porque mama tenia un razonable temor de que en un frenazo del carro o uno de los normales huecos de nuestras calles, las heridas de la operacion se abrieran y se desangrara como mínimo. Mentalmente me alegré de estar presente, porque a mi pobre padre los años le han acortado la habilidad de respuesta en la crisis y sin saber que hacer, sólo atinó a dar vueltas en círculo en el breve espacio de la sala de espera. Mientras tanto, la recepcionista de la sala me contactó con un servicio de ambulancias y en dos minutos tenía la cosa resuelta.

Quedaba sin embargo la tarea de preparar a mama, vestirla, empacar su ropa de nuevo, etc. Pese a que la operación le afectó la voz, no afectó su facultad de echar cantaleta y con cuerdas vocales heridas y todo, pudo regañarme y expresar su inconformidad con mis servicios, además de renegar por la demora de la ambulancia. El único consuelo era la enfermera: un ángel negro y redondo que no dejó de tratarla con un cariño que me hizo reprocharme a mi misma la habitual aspereza de mi amor apache y que me dió un curso acelerado de manejo de pacientes: como alzarlos: como ayudarlos a erguirse en la cama, como vestirlos. Sólo decliné el capítulo "Llevarlos al baño" porque bendición grande, mi madre todavía puede ocuparse de eso por si sola.

La llegada de la camilla fue recibida con el alborozo que se recibe al niño Dios y luego de una lucha más bien prolongada, debido a que la colchoneta de la camilla no amortiguaba la presencia de las barras de aluminio, mamá finalmente expresó estar cómoda (resignada) en la camilla de rodachines. Mientras la ambulancia salió con mamá y mi viejo, yo llevaba a la tia Olga a su casa, donde tuve que bajarme para recibir la herencia de otra pariente que había dejado este mundo pocos días atrás.

Al llegar a la casa conté con la ventaja de haberme escapado de la entrada y acomodación de mamá en su cuarto, y ya estaba en la cama, lo que no significó ningún descanso, sinó el banderazo de lo que sería el verdadero voleo de la noche: triturar el dólex para hacer una solución que mamá se pudiera tragar; contestar el teléfono a las amigas a las que no les pasa por la cabeza la idea de que en momentos así la casa es un híbrido entre mina de carbón y aeropuerto, donde no hay espacio para las relaciones públicas; espantar al gato que mira con ojos de asombro nuestro trajín  y no entiende porqué no puede acercarse a mamá ni subirse a su cama, donde se supone tiene membresía vitalicia; confeccionar bolsas de hielo y descubrir con desconsuelo que todas las cubetas están vacías; hacer la cama de la tia Amanda, para que acompañe a mama en la noche (previa limpieza de colchonetas); llevarle gelatina, regresar a la cocina a quitarle porque es mucho, llevarsela de nuevo, regresara  la cocina pork se quedó la cuchara; asistir el cepillado de dientes y finalmente, instalar las cobijas de manera que el encaje de la sobresábana quede bien dobladito por encima de la cobija para que la enferma se vea elegante.


Eran cerca de la 1 AM cuando me reencontré con mi cama donde me esperaba el gato con ganas de jugar, pero algo debió percibir porque se limitó a sentarse en bolita junto a mi almohada y ronronear quedamente mientras yo me quedaba dormida y soñaba que se me había crecido un diente.