martes, 29 de julio de 2014

Paredes blanqueadas

En alguna parte lei la historia de un hombre que acudió donde su vecino para que borrara un letrero que hablaba mal de su mujer. El vecino al no ver la razón por la que tuviera que pintar su propia pared, dado que la mujer de la que se hablaba no era la suya, se negó, a lo cual el hombre decidió pintar la pared del vecino para borrar toda maledicencia de su esposa. Pero el problema no se resolvió ahí, pues pocos días después apareció un letrero de la misma naturaleza en la pared de otro vecino, quién también se negó a pintarla, obligando al marido ofendido a pintar la pared en cuestión. Pco después apareció un tercer letrero en otra pared y ocurrió lo mismo que con las otras dos y luego otra y otra, de manera que el vecindario completo recibió una renovación de fachadas por cortesía de un esposo preocupado por  lo que dirían los demás. Al final de la historia, recuerdo la reflexión acerca de la conveniencia de pintar paredes en contraste con la simple tarea de ser un buen marido y cuidar mejor de la esposa.

El cuento vino a mi mente al ver el movimiento mediático ocasionado por el comportamiento destemplado de un cantante albino que en un concierto hizo unas referencias de bastante mal gusto sobre las monstruosas casas de pique que se sabe que existen en Buenaventura. La indignación ha sido unánime a tal punto que el artista ha perdido una importante parcela de negocios al ser declarado persona non grata por la cancillería colombiana, de acuerdo con lo afirmado por un noticiero.

Igual indignación levantaron las palabras de un político paisa cuando se le ocurrió comparar al departamento del Chocó con heces fecales, en el sentido de que hacer inversión en el primero era tan útil como perfumar a las segundas. La indignación llegó a tal nivel que el político se convirtió en blanco de investigaciones, con tan mala suerte, que efectivamente, encontraron sus propias heces mal tapadas.

Ante lo anterior yo simplemente me pregunto si acaso mi visión de la realidad es diferente, que veo otra realidad mas allá de las circunstancias que levantan la opinión indignada de la gente. Me preocupa que sea yo la única que ve los elefantes atravesados mientras los demás se ocupan de los ratones. Ambas expresiones, son tomadas por la gente como un problema, en lugar de interpretarlas como el reflejo de circunstancias infinitamente más graves que las expresiones irrespetuosas de gente ignorante.

En el caso del Chocó, me asombró que la mirada de la sociedad se detuviera en un personaje mediocre y montaraz, en lugar de reflexionar en el trasfondo de su expresión; durante siglos, el chocó es una región que ha padecido la explotación, la corrupción y el olvido de una clase política que ha hecho bien poco por llevar bienestar y desarrollo a sus poblaciones, y en cambio mucho por sus mezquinos intereses. La misma emoción me provoca el paredón que se le ha armado a este pobre artista venido a menos: en lugar de preguntarle al gobierno local, departamental y nacional qué se está haciendo en Buenaventura para neutralizar las casas de pique, de las que la misma comunidad tiene conocimiento de su ubicación, nos sentimos satisfechos porque la cancillería en un gesto gallardo le ha cerrado al artista las puertas de la patria.


Nuestra sociedad es ese hombre impotente y desubicado, que corre a pintar paredes en lugar de fijarse en lo que está pasando en su casa. Nos levantamos movidos por un sentimiento superficial de dignidad, más pendientes de lo que se dice de nosotros que de lo que hacemos, mientras la delincuencia y la corrupción se ríe de nosotros al tiempo que alienta nuestra furia vociferante, ciega y sin sentido.