la pobre señora del café casi se va de espaldas al abrir la puerta del baño para ser recibida por el vaho de un vómito fermentado durante toda la noche anterior. Como pudo limpió el lavamanos y pudo continuar con sus labores hasta que los empleados llegaron a ocupar sus cubiles de trabajo. A media mañana en la cafeteria surgió el comentario desprevenido sobre el regalo que habian dejado en el baño de mujeres y de ahi arrancó una micro tertulia sobre la naturaleza humana, la desconsideracion de algunos, la pesadilla de la aseadora, y finalmente, sobre el color del vomito que nos dejaron, que si conocrdamos era de un tono rosa muy extraño.
Entonces parece que en el baño se vomitó helow kitty
sábado, 9 de octubre de 2010
lunes, 4 de octubre de 2010
que hacer con ellos?
El planteamiento de integrar a desmovilizados de uno y otro bando a las fuerzas regulares de la milicia para su empleo dentro del país o exportarlo a territorios que lo requieran, podría ser más práctico que pesimista: así como habrá muchos hombres que se desmovilizan siguiendo el anhelo de tener una vida tranquila, no se puede descartar que haya otros que lo único que saben hacer es usar las armas. La prueba está en las bandas de atracadores, oficinas de cobro, sicariato y otros inventos que ofrecen oficio e ingresos a los desmovilizados que no saben, ni les interesa, hacer algo diferente. Existen. Es cierto y lo comprobamos todos los días personalmente o en los medios de comunicación, lo que le otorga el mérito a la autora, pues lo encara desde la realidad que vivimos, tal como es, no desde el ideal que soñamos. Yo también sueño con una sociedad libre, donde todos podamos hacer lo que se nos venga en gana siempre y cuando no dañe a los demás y sea el debate el escenario donde se encuentren las voluntades, pero el aquí y el ahora que enfrenta Colombia está lejos de eso. Adicionalmente, Leonor tiene la valentía de lanzar una propuesta que para muchos es urticante, pero que a mi juicio es coherente con la ley de gravedad. Si tan chévere encuentran el oficio de la guerra, pues que se metan en una fuerza regular, a entrenar, a madrugar, sin gabelas.
En la otra cara de la moneda están los efectos nefastos de los ejércitos foráneos en otros países; todavía no se olvidan menciona los horrores cometidos por soldados gringos a prisioneros musulmanes; y aunque sea muy poca divulgación existente sobre la, siempre negada por la ONU, violencia sexual ejercida por cascos azules en las regiones a donde llega a imponer su orden salvador, existen estudios que lo comprueban y lo denuncian: http://www.nodo50.org/ceprid/spip.php?article261.
No me imagino las bellezas que perpetraría un contingente de soldados integrado por exparacos y exguerrillos, o mejor dicho, los que queden después del predecible intercambio de cuentas.
No puedo entonces ubicarme al lado de ninguna de las posiciones porque cada una me parece una propuesta incompleta. Por un lado está el problema de donde acomodar a los desmovilizados, otra es esperar que se iluminen sus espíritus. Pero qué bueno que en el panorama se levantaran ambos planteamientos, qué se yo, como un sol doble a ver hasta dónde llega su luz y crear una respuesta integral a dos preocupaciones que pesan igual. Una que le señalara al gobierno de turno que una cosa es encontrar orden para este caos histórico que la providencia nos ha endilgado; otra es esconder la mugre debajo de la alfombra.
En la otra cara de la moneda están los efectos nefastos de los ejércitos foráneos en otros países; todavía no se olvidan menciona los horrores cometidos por soldados gringos a prisioneros musulmanes; y aunque sea muy poca divulgación existente sobre la, siempre negada por la ONU, violencia sexual ejercida por cascos azules en las regiones a donde llega a imponer su orden salvador, existen estudios que lo comprueban y lo denuncian: http://www.nodo50.org/ceprid/spip.php?article261.
No me imagino las bellezas que perpetraría un contingente de soldados integrado por exparacos y exguerrillos, o mejor dicho, los que queden después del predecible intercambio de cuentas.
No puedo entonces ubicarme al lado de ninguna de las posiciones porque cada una me parece una propuesta incompleta. Por un lado está el problema de donde acomodar a los desmovilizados, otra es esperar que se iluminen sus espíritus. Pero qué bueno que en el panorama se levantaran ambos planteamientos, qué se yo, como un sol doble a ver hasta dónde llega su luz y crear una respuesta integral a dos preocupaciones que pesan igual. Una que le señalara al gobierno de turno que una cosa es encontrar orden para este caos histórico que la providencia nos ha endilgado; otra es esconder la mugre debajo de la alfombra.
Regreso a Casa
Fernando se tiene que tomar unos tragos para contar que un día cualquiera, su abuela los llamó a él y a la prima Magnolia y les hizo un encargo nada regular: debían ir por los restos del tío Pacho, el hijo calavera de la abuela María, que al parecer había cumplido su cita con la muerte en Ibagué, donde sus pobres despojos descansaron por unos años, hasta que el cementerio Ibaguereño anunció la necesidad del espacio que el muerto estaba ocupando. El encargo era simple: ir por los restos y traerlos a la casa, en una primorosa caja de madera confeccionada exclusivamente para la ocasión, que les dio la buena señora, donde calculaba cabría la materia que alguna vez fuese receptora de sus cuidados, besos y abrazos.
Con ceremonia los jóvenes fueron dejados en el terminal de buses, para que emprendieran la tarea que la familia les había engargolado. Abordaron la flota Magdalena que iba rumbo a Bogotá; Sobre el regazo de Magnolia, la caja de madera.
Pasó que en el camino el bus se varó y la empresa amablemente ofreció a los contrariados pasajeros una noche de hospedaje en Pereira. Los muchachos fueron ubicados en una residencia cercana a la estación, donde ocuparon sendas camas. Sobre la mesita de noche que ambas camas compartían, la caja. Fernando vuelve a servirse un trago mientras anota al margen de su historia:
- En esa caja no había nada, pero ni mi prima ni yo pudimos dormir, porque tenerla ahí nos daba cutupeto.
A la madrugada siguiente reanudaron su periplo hasta Ibagué. Fernando no detalla realmente el cementerio, al que llegaron fácilmente, pero si recuerda que fue muy difícil lograr la atención de la administración. Al manifestarle a un atolondrado funcionario el motivo de su presencia, el hombre se rascó la cabeza hasta que en su mente encontró a quién cederle el honor de atender a los parientes de uno de sus huéspedes.
- Allá viene Heraclio el sepulturero.
Heraclio escuchó con la mirada en el piso el requerimiento de los muchachos. Luego de un largo silencio, Heraclio se rascó la cabeza, en un gesto idéntico al del burócrata mortuorio. Les hizo a los muchachos unas cuantas preguntas, al cabo de las cuales él les confió su conclusión.
- Ese muerto hubo que sacarlo hace días pa’ enterrar a otro y lo pusimos con los otros huesos.
Dicho eso, los condujo a un jugar más bien apartado del resto de las tumbas, hasta llegar a un hundimiento de la tierra, donde inicialmente Fernando vio un montón de palos. Más de cerca, comprobó con repelús que el montón de leña no era tal sino los restos descarnados y curtidos de seres humanos. Muchos, muchos huesos de muerto.
- Ahí tan - dijo no sin cierto tono de satisfacción Heraclio el sepulturero.
Fernando, tomándose el liderazgo de la tarea, procuró estar a la altura de su posición:
- Bajá y agarrá unos huesos ahí – le ordenó a Magnolia.
- Ni pu’el putas - Contestó su prima con determinación
Heraclio el sepulturero previendo una discusión familiar, dio media vuelta emitiendo un “Jum!” y regresó a sus labores.
Los primos se miraron en silencio, pero Fernando comprendió que ninguno de los dos haría tal trabajo, por más que el otro presionara o amenazara con el peor chantaje que pudiese concebir. Sin discutir demasiado, decidieron salir del cementerio con la caja vacía, que más adelante llenaron con unas cuantas piedras y palos, calculando lo que pesarían los huesos de Pacho, la misma con la cuál partieron a Cali al día siguiente.
A estas alturas de su relato, Fernando reitera las dificultades de sueño de él y su prima, pues la caja, pese a no tener más que palos y piedras, continuaba ejerciendo el mismo cutupeto que si estuviera llena de restos humanos.
A medida que se acercaban a Cali, la tensión crecía pero ambos se animaban mutuamente a llevar su falacia hasta las últimas consecuencias.
- Si nos pillan que hagan lo que quieran-. Fue la consigna.
Entregaron la caja de madera a la anciana expectante, mientras ellos barajaban mentalmente las posibles implicaciones de que la verdad de su viaje saliera a la luz o mejor dicho, fuese destapada por la abuela.
La caja jamás fue destapada; doña María, la matrona de la familia, instaló un bello altar con santos y velas donde la caja, a los pies de un sagrado corazón, fue depositada con cariño.
- Hasta el día de su muerte mi pobre abuela le rezó a esos palos-. Remata Fernando.
Con ceremonia los jóvenes fueron dejados en el terminal de buses, para que emprendieran la tarea que la familia les había engargolado. Abordaron la flota Magdalena que iba rumbo a Bogotá; Sobre el regazo de Magnolia, la caja de madera.
Pasó que en el camino el bus se varó y la empresa amablemente ofreció a los contrariados pasajeros una noche de hospedaje en Pereira. Los muchachos fueron ubicados en una residencia cercana a la estación, donde ocuparon sendas camas. Sobre la mesita de noche que ambas camas compartían, la caja. Fernando vuelve a servirse un trago mientras anota al margen de su historia:
- En esa caja no había nada, pero ni mi prima ni yo pudimos dormir, porque tenerla ahí nos daba cutupeto.
A la madrugada siguiente reanudaron su periplo hasta Ibagué. Fernando no detalla realmente el cementerio, al que llegaron fácilmente, pero si recuerda que fue muy difícil lograr la atención de la administración. Al manifestarle a un atolondrado funcionario el motivo de su presencia, el hombre se rascó la cabeza hasta que en su mente encontró a quién cederle el honor de atender a los parientes de uno de sus huéspedes.
- Allá viene Heraclio el sepulturero.
Heraclio escuchó con la mirada en el piso el requerimiento de los muchachos. Luego de un largo silencio, Heraclio se rascó la cabeza, en un gesto idéntico al del burócrata mortuorio. Les hizo a los muchachos unas cuantas preguntas, al cabo de las cuales él les confió su conclusión.
- Ese muerto hubo que sacarlo hace días pa’ enterrar a otro y lo pusimos con los otros huesos.
Dicho eso, los condujo a un jugar más bien apartado del resto de las tumbas, hasta llegar a un hundimiento de la tierra, donde inicialmente Fernando vio un montón de palos. Más de cerca, comprobó con repelús que el montón de leña no era tal sino los restos descarnados y curtidos de seres humanos. Muchos, muchos huesos de muerto.
- Ahí tan - dijo no sin cierto tono de satisfacción Heraclio el sepulturero.
Fernando, tomándose el liderazgo de la tarea, procuró estar a la altura de su posición:
- Bajá y agarrá unos huesos ahí – le ordenó a Magnolia.
- Ni pu’el putas - Contestó su prima con determinación
Heraclio el sepulturero previendo una discusión familiar, dio media vuelta emitiendo un “Jum!” y regresó a sus labores.
Los primos se miraron en silencio, pero Fernando comprendió que ninguno de los dos haría tal trabajo, por más que el otro presionara o amenazara con el peor chantaje que pudiese concebir. Sin discutir demasiado, decidieron salir del cementerio con la caja vacía, que más adelante llenaron con unas cuantas piedras y palos, calculando lo que pesarían los huesos de Pacho, la misma con la cuál partieron a Cali al día siguiente.
A estas alturas de su relato, Fernando reitera las dificultades de sueño de él y su prima, pues la caja, pese a no tener más que palos y piedras, continuaba ejerciendo el mismo cutupeto que si estuviera llena de restos humanos.
A medida que se acercaban a Cali, la tensión crecía pero ambos se animaban mutuamente a llevar su falacia hasta las últimas consecuencias.
- Si nos pillan que hagan lo que quieran-. Fue la consigna.
Entregaron la caja de madera a la anciana expectante, mientras ellos barajaban mentalmente las posibles implicaciones de que la verdad de su viaje saliera a la luz o mejor dicho, fuese destapada por la abuela.
La caja jamás fue destapada; doña María, la matrona de la familia, instaló un bello altar con santos y velas donde la caja, a los pies de un sagrado corazón, fue depositada con cariño.
- Hasta el día de su muerte mi pobre abuela le rezó a esos palos-. Remata Fernando.
La mujer del año
El silencio arropó sus pensamientos hasta escuchar el saludo de los pájaros a la madrugada. La mañana se abría paso nuevamente, iluminando el cuarto con una gama de azules, desde la opacidad metálica de la madrugada hasta el azul del cielo veraniego. La noche anterior se había desnudado con parsimonia y tendido en la cama con el cuerpo abandonado por toda voluntad y la quietud del que ha encontrado su punto de llegada.
Al llegar el día, las primeras luces tocaron el techo del cuarto y como un telón inverso, descubrieron gradualmente el escenario de una obra sin espectadores; la pared, soportaba una decoración bohemia compuesta de afiches de películas clásicas; la cómoda de madera sobre la que reposan fotos sin marco de la mujer paseando en bicicleta en una playa; recuerdos de viajes: conchas de mar, un frasquito de arena. En el suelo, los restos similares a una batalla campal donde en lugar de cadáveres, los zapatos caídos unos sobre otros evidenciaban el tortuoso proceso de selección que había tenido lugar sólo unas horas antes. Más cerca de la cama, el vestido de gala que había lucido esa noche para recibir el reconocimiento “Ejecutiva del Año”.
- Duro, ¿No?
La voz lo sacó de sus propias divagaciones y luego de mirar la expresión de su compañero, el funcionario miró hacia la cama. El cuerpo yacía en una posición que sugería completa relajación y la expresión del rostro hacía creer que la muchacha estaba embelesada contemplando el árbol junto a su ventana, en una paz que contrastaba con el resto de la escena. Siguió mirándola hasta después de que unas manos de látex blanco cubrieran el rostro con la misma sábana que tapaba el resto del cuerpo.
Los hombres contemplaron el paisaje afuera. Era una mañana esplendorosa.
Al llegar el día, las primeras luces tocaron el techo del cuarto y como un telón inverso, descubrieron gradualmente el escenario de una obra sin espectadores; la pared, soportaba una decoración bohemia compuesta de afiches de películas clásicas; la cómoda de madera sobre la que reposan fotos sin marco de la mujer paseando en bicicleta en una playa; recuerdos de viajes: conchas de mar, un frasquito de arena. En el suelo, los restos similares a una batalla campal donde en lugar de cadáveres, los zapatos caídos unos sobre otros evidenciaban el tortuoso proceso de selección que había tenido lugar sólo unas horas antes. Más cerca de la cama, el vestido de gala que había lucido esa noche para recibir el reconocimiento “Ejecutiva del Año”.
- Duro, ¿No?
La voz lo sacó de sus propias divagaciones y luego de mirar la expresión de su compañero, el funcionario miró hacia la cama. El cuerpo yacía en una posición que sugería completa relajación y la expresión del rostro hacía creer que la muchacha estaba embelesada contemplando el árbol junto a su ventana, en una paz que contrastaba con el resto de la escena. Siguió mirándola hasta después de que unas manos de látex blanco cubrieran el rostro con la misma sábana que tapaba el resto del cuerpo.
Los hombres contemplaron el paisaje afuera. Era una mañana esplendorosa.
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