Fernando se tiene que tomar unos tragos para contar que un día cualquiera, su abuela los llamó a él y a la prima Magnolia y les hizo un encargo nada regular: debían ir por los restos del tío Pacho, el hijo calavera de la abuela María, que al parecer había cumplido su cita con la muerte en Ibagué, donde sus pobres despojos descansaron por unos años, hasta que el cementerio Ibaguereño anunció la necesidad del espacio que el muerto estaba ocupando. El encargo era simple: ir por los restos y traerlos a la casa, en una primorosa caja de madera confeccionada exclusivamente para la ocasión, que les dio la buena señora, donde calculaba cabría la materia que alguna vez fuese receptora de sus cuidados, besos y abrazos.
Con ceremonia los jóvenes fueron dejados en el terminal de buses, para que emprendieran la tarea que la familia les había engargolado. Abordaron la flota Magdalena que iba rumbo a Bogotá; Sobre el regazo de Magnolia, la caja de madera.
Pasó que en el camino el bus se varó y la empresa amablemente ofreció a los contrariados pasajeros una noche de hospedaje en Pereira. Los muchachos fueron ubicados en una residencia cercana a la estación, donde ocuparon sendas camas. Sobre la mesita de noche que ambas camas compartían, la caja. Fernando vuelve a servirse un trago mientras anota al margen de su historia:
- En esa caja no había nada, pero ni mi prima ni yo pudimos dormir, porque tenerla ahí nos daba cutupeto.
A la madrugada siguiente reanudaron su periplo hasta Ibagué. Fernando no detalla realmente el cementerio, al que llegaron fácilmente, pero si recuerda que fue muy difícil lograr la atención de la administración. Al manifestarle a un atolondrado funcionario el motivo de su presencia, el hombre se rascó la cabeza hasta que en su mente encontró a quién cederle el honor de atender a los parientes de uno de sus huéspedes.
- Allá viene Heraclio el sepulturero.
Heraclio escuchó con la mirada en el piso el requerimiento de los muchachos. Luego de un largo silencio, Heraclio se rascó la cabeza, en un gesto idéntico al del burócrata mortuorio. Les hizo a los muchachos unas cuantas preguntas, al cabo de las cuales él les confió su conclusión.
- Ese muerto hubo que sacarlo hace días pa’ enterrar a otro y lo pusimos con los otros huesos.
Dicho eso, los condujo a un jugar más bien apartado del resto de las tumbas, hasta llegar a un hundimiento de la tierra, donde inicialmente Fernando vio un montón de palos. Más de cerca, comprobó con repelús que el montón de leña no era tal sino los restos descarnados y curtidos de seres humanos. Muchos, muchos huesos de muerto.
- Ahí tan - dijo no sin cierto tono de satisfacción Heraclio el sepulturero.
Fernando, tomándose el liderazgo de la tarea, procuró estar a la altura de su posición:
- Bajá y agarrá unos huesos ahí – le ordenó a Magnolia.
- Ni pu’el putas - Contestó su prima con determinación
Heraclio el sepulturero previendo una discusión familiar, dio media vuelta emitiendo un “Jum!” y regresó a sus labores.
Los primos se miraron en silencio, pero Fernando comprendió que ninguno de los dos haría tal trabajo, por más que el otro presionara o amenazara con el peor chantaje que pudiese concebir. Sin discutir demasiado, decidieron salir del cementerio con la caja vacía, que más adelante llenaron con unas cuantas piedras y palos, calculando lo que pesarían los huesos de Pacho, la misma con la cuál partieron a Cali al día siguiente.
A estas alturas de su relato, Fernando reitera las dificultades de sueño de él y su prima, pues la caja, pese a no tener más que palos y piedras, continuaba ejerciendo el mismo cutupeto que si estuviera llena de restos humanos.
A medida que se acercaban a Cali, la tensión crecía pero ambos se animaban mutuamente a llevar su falacia hasta las últimas consecuencias.
- Si nos pillan que hagan lo que quieran-. Fue la consigna.
Entregaron la caja de madera a la anciana expectante, mientras ellos barajaban mentalmente las posibles implicaciones de que la verdad de su viaje saliera a la luz o mejor dicho, fuese destapada por la abuela.
La caja jamás fue destapada; doña María, la matrona de la familia, instaló un bello altar con santos y velas donde la caja, a los pies de un sagrado corazón, fue depositada con cariño.
- Hasta el día de su muerte mi pobre abuela le rezó a esos palos-. Remata Fernando.
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